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Aquel diez de julio de mil novecientos noventa y siete tenía yo 19 años. Qué escalofríos recorren mi alma cuando me traslado a aquellos instantes de desesperación e impotencia compartida. ¡Qué ira, qué silencio! Qué rabia contenida a través de un tiempo que ni perdona, ni olvida. En 1997 Miguel Ángel alcanzaba los 29 años, esos que ya sobrepasé yo como quien no quiere la cosa, con sigilo, con prudencia y sin ánimo de reconocerlo.
En esos días de infamia disfrutaba yo de mi entrada adolescencia sin medida e iniciaba mi paso por las Nuevas Generaciones del Partido Popular; cruce apasionado, visceral tal vez, de ensueño, con la inexperiencia propia en esos lares de la vida y sus quehaceres contextuales, qué sé yo. Ha pasado el tiempo en mi piel y tras mis huellas empolvadas con indiferencia, pero no en mi recuerdo ni en su hermosa discreción. Ahora calzo dos años más de los que talló Miguel. Ahora soy consciente de cuánto me queda por vivir y por aprender de lo vivido. En ocasiones me tumbo sobre mi cama de matrimonio y apago la luz… Hay que ver cuánto, cuánto se perdió… qué drama desgarrador... No, no quiero superarlo con borrón, es cierto.
Sé que aquella cacería inhumana del tiro en jaula me condiciona más hoy que ayer. Tal vez porque haya aumentado mi capacidad de consciencia (la conciencia siempre me acompañó). Quizá porque la supervivencia implique más madurez, más humildad ante la vida. Y es que los años no pasan de balde. Las vivencias curten tu sentido de la fortaleza, pero, a la vez, desatan la verdad y su melancolía, abren la caja de pandora, te recriminan aquello pudo ser y no fue. Así de triste… Miguel ¿Te diste cuenta?
Me considero un hijo del “Espíritu de Ermua”. Salgo a la calle y vislumbro con matices la imagen de aquellos jóvenes valientes, fuertes de espíritu, con sus manos blancas, con gritos y sus lágrimas anónimas; con sus voces rotas entre pausas y silencios entrecortados; con su complicidad, con su vacío ante el nacionalista, con su inocente fervor frente al inmediato cambio generacional. Miguel Ángel hizo de nosotros personas adultas… Tras la maldad nacieron las lágrimas, tras las lágrimas la luz de su mirada repetida… Que jamás debió dejar de ser anónima también.
¿Qué pervive hoy de todo aquello? ¿Dónde hemos llegado? ¿A qué desenlace nos encaminamos? Cuestiones fáciles de formular por los mismos que no hallan la respuesta, estén seguros. Las horas se funden con la dificultad añadida de la infelicidad inoculada por las metas impuestas. ¿Y la libertad? ¿Y la meta del derecho a vivir? ¿Y la justicia? ¿Y la seguridad? Miguel habla de memoria a través de nuestras bocas, como nosotros lo hacemos a través de su memoria. Unos ya no amparan la esperanza, otros mienten, otros callan, otros silencian, algunos ni se reconocen…
Internet nos globaliza y, entre su red, nuestras manos son palabras y nuestra voz ya no grita y nuestros pies no andan descalzos… Todo cabe entre las fauces abiertas del conformismo, ésas que devoran los rincones de un mundo cada vez más predecible, menos casual, menos creíble, más intratable. Somos muchos los treintañeros, los que recogimos el testigo de Miguel aún sin saberlo, los que debemos volcar la vista atrás, la carretilla y sus legajos, para que no se olvide su legado. Somos quienes tenemos que luchar por abrir paso a la generosidad de la vida, los que debemos recuperar la virtud del sacrificio, nos implique más o menos sentir el dolor ajeno.... No me resigno a olvidar, ni a dejar caer mi frente, ni a limpiar mis manos blancas, ni a dar un paso atrás a cambio de un futuro sin causa. Este presente inaudito convierte nuestras vidas en un relato inenarrable, fétido, tachable, verso doblado, doblez. Estos años me han curtido. Qué quieren que les diga. Esta década me he asomado al abismo de la depresión, a la renuncia inconsciente, al encierro emocional, al suicidio de mi autoestima. ¡Y he sobrevivido! Lo sé, cosa cierta, no lo niego, lo agradezco, lo disfruto también por ellos, por los negados, por los arrodillados, por los tiroteados, por los hendidos en el barro tras la mugre miserable del que asesina. ¡Malditos!
Somos seres vocacionales con riesgo a una muerte prematura (no somos dueños siquiera de nuestras vidas). Nos pasamos la existencia buscando su sentido para acabar siempre muriendo en el intento que otros nos cobran. Nos dejamos la piel por abrazar el asfalto prometido. Así nos fue, así nos va. Al menos eso pensaba un día de esos locos en un jardín descosido. ¿Y tú, qué opinas? 31 años valen la pena si te puedes describir sin necesidad de un espejo o si no te lamentas frente a él como una bruja sin corona. Ha merecido la pena aprender a abrir los libros, a fomentar el sentido común, a crear, a ilusionar, a amar, a regalar, a ser amado… ¡Cuántas cosas te has perdido! ¡Qué tragedia! ¡Qué dolor, Miguel Ángel, qué dolor! No, no te olvido, te reivindico en mi vida, te reitero en mi memoria errante y confusa a destiempo, coincido contigo en la intimidad de la noche y sus paisajes… Hemos de luchar, me dices, tenéis que crecer, tenéis que vivir por mí, habéis de ganar la guerra de la conciencia, debéis forjar en nuestra patria aquello que mi vida significó, no temáis por enredar en la maleza de la dignidad, romped la mordaza del sufrimiento silenciado, recuperad el porvenir vendido. Haced vuestra mi historia inacabada… Nunca es tarde, me debéis más diez años… Te los dedicamos, te juramos que sigues habitando en nosotros, en nuestras manos, en nuestra voz, en nuestros sentidos…
Todos reconocemos a lo largo de nuestra existencia un símbolo y una causa que nos marcan. El símbolo de mi generación es Miguel Ángel Blanco. La causa, la libertad que nos exige. Ambos se ven eternamente unidos, tristemente vivos en nuestra desgraciada historia reciente. Ambos habitan enraizados en la memoria de los hombres de bien.
El tiempo todo lo cura, suplicamos. Te arrebataron la vida, pasan los años. Nos insertan nuevos enemigos, nuevos duelos, nuevas iras y rabia por soportar. Mas, tú ya eres universal… Infundes arte, das luz, nos regalas esperanza. Hoy sigues vivo en nosotros, los treintañeros, los herederos de tu dignidad y de tu causa, amigo. ¡Siempre!
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