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No es cuestión de contradecir a José Blanco cuando afirma que existe una campaña orquestada contra ZP. Se le supone suficiente información para apuntalar lo que dice con vigas resistentes. Por otra parte, admitirá también el titular de Fomento que sin ir más lejos, Aznar, su antecesor en el cargo, también se enfrentó a una campaña bastante orquestada. Tanto, que hizo un ruido tremebundo.
Constatado este hecho, Blanco añade que “nadie va a destruir la imagen” de ZP, y ahí es cuando el ministro ya no se ciñe a la información recibida, sino a lo que le dicta su fe. Es como si Guardiola profetiza que nadie ganará al Barça. Y fíjense que no lo hace, sino todo lo contrario. Por otra parte, en toda la exposición, argumentación y prospección del ministro falta un factor fundamental, sin cuyo concurso es imposible obtener conclusiones correctas. En ningún momento se dice que el peor enemigo de ZP, el que más imagen le destruye y el que más campañas orquesta contra su papel de gobernante, es él mismo. Desde que retira las tropas de Irak, hasta que regresa del famoso desayuno pro orantibus, donde citó al Deuteronomio con pinzas para no contaminarse con el teísmo circundante, ZP es su principal enemigo, porque su imagen es un monumento a la inconsistencia y a la frivolidad. Su éxito electoral se produce porque gran parte de la sociedad apuesta por esos mismos contravalores y prefiere que le hablen de una fiesta continua de colorines, y no de la sangre, el sudor o las lágrimas que toda sociedad precisa para salir adelante. Hoy la fiesta ha terminado y ya no hay campaña que valga. La orquesta del Titanic podrá seguir atacando la pieza que más le avenga, pero con ello, sólo con ello, no evitará el naufragio. Es cierto, hay campaña; pero el director de la orquesta es él. BITÁCORA DE CORA |