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Con mi flamante grupo de estudiantes de Derecho Constitucional y el letrado (y querido colega) Ismael Pitarch como guía histórico-jurídico, mi primera visita al Parlament de Catalunya se produjo ocho años antes de tener el honor de sentarme como diputada en uno de los escaños de su hemiciclo. Después de doctas explicaciones sobre las comisiones, el procedimiento legislativo y los diversos usos del edificio, Pitarch los incitó a preguntar. Solo una persona, de más edad que el resto, madura por diversas circunstancias personales y de probada competencia discente, miró al techo y con manifiesto interés dijo: «Esas lámparas de cristal, ¿son de Murano o es imitación?»
Mi escándalo entonces fue mayúsculo. Ahora, en cambio, en mi cuarto debate de política general, mientras se desgranaba el previsible guión de reproches y autoelogios en la obra representada por no más allá de 10 personas, con los gestos y voces de sorpresa, mohín o indignación, satisfacción o revancha de muchos de los que éramos meros convidados de piedra en el evento, yo también he mirado al techo. Y, después de tanto tiempo, me acordé de la persona que preguntó sobre las lámparas de Murano. Ella se me aparece como símbolo de cuantos jamás entenderían, porque no tiene sentido, el rutilante espectáculo de decir para no callar, hablar por hablar, componer las frases de forma tan hueca que cualquiera pueda aceptarlas sin remordimiento, o decir con total aplomo no a otras mucho más sensatas y consistentes por el mero hecho de quién (o por qué) las propone. Así, hoy, en el momento de las votaciones de lo propuesto por cada cual, todo el mundo ha estado de acuerdo en que hay que (versiono) «hacer algo para que las cosas vayan mejor y logremos una Catalunya cohesionada y moderna» y la mayoría ha dicho que no quería (es literal) que el Tribunal Constitucional se pronunciara lo antes posible sobre el recurso contra el Estatut. ¡Ahí queda eso! Pero es que da igual. ¿Qué más da votar esto o lo otro, si lo que se acuerda no se cumple, y, si se cumple, es porque en realidad no era nada? ¿Qué más da decir que no se acatará esta o aquella sentencia, si otras muchas y tantas leyes solo obligan, porque no le queda más remedio, al individuo corriente? (¿Se acuerdan? ¡La legislación vigente!) ¿Detendremos a una institución incumplidora? No, no da igual. Para que la claca de los que hablan sea eficaz, todos permanecemos allí sentados, tan monos y tan inútiles, a punto para alzar el dedo y votar resoluciones que casi no distinguiríamos si no nos dijeran su autor. Homogéneo el gesto, ignorante la conciencia. Muchos son nuestros deberes para iniciar con dignidad el siglo XXI. Uno de ellos es repensar el parlamentarismo, librarlo, siquiera en parte, del yugo de los partidos políticos, exigirle decoro, sentido y sensibilidad. Porque ahora mismo todo él es un inmenso y carísimo salón de los pasos perdidos.
[Publicado en El Periódico de Catalunya] |