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Has contaminado la estancia con tu presencia. La has contaminado. En esta noche torrencial me he dado cuenta del desprecio que te tengo. Lo sufro y, sin embargo, no me aporta nada, me deja vacío... En medio de este insípido gentío se ha de fortificar el castillo. Un refugio en donde los que quieran entrar lo puedan hacer y en el cual los incautos elijan. En medio de la nada has soltado tu aspereza y yo me he derretido, porque mis venas caen a plomo por mis rodillas y mi voz musita, musita.
¿Dónde se halla tu conciencia? ¿No te ves la espalda? ¿Te miras al espejo sólo para reconocerte? ¿No hay nadie que atienda a mi llamada? Y los niños acunados en la ignorancia reptan por la selva como las tortugas que acaban de romper el cascarón. Se arrastran y nadan contra corriente o hacia la orilla o se dejan llevar hasta la mar que les aguarda sobrecogedora y bella, atroz e inhumana...
Desde este balcón he comprendido que no. Detesto juzgar, pero se me hace imposible aceptar la asunción de la idiotez ajena. No creo en la suerte. Confío en el trabajo y en las ganas de salir, de ser, de respetar y de saltar al limbo... La búsqueda de la verdad, el eterno inconformismo.
Y mis vísceras revientan por segundos, cuentean la fetal muerte ajena al compás de una nueva vida que se intuye, se siente, se desea... A un lado los cadáveres, a otro los malnacidos y en medio el nuevo Dios que nos usurpa y nos idiotiza con presuntos derechos confiado en su poder frente a un pueblo dócil y cómplice, repleto de cobardes, de incapaces, insensatas almas que no mueven los brazos, no gritan, no corren, tan sólo esperan como aquella cría desvalida...
“En estos tiempos que corren...” Justifican... “Habrá que adaptarse a la modernidad...” Mendigan. Y en habitaciones blancas de frías residencias se apagan los ancianos, pues no hay tiempo. Y los niños son inscritos en guarderías, ahora fútbol, luego música y consolas y televisión y un beso frío... Como por maldita costumbre. Las calles se convierten en un coladero de piernas inquietas, piernas que tiemblan en las paradas de los autobuses, en el metro, en las oficinas, piernas descontroladas e inconclusas en estos tiempos que corren. ¿Quién te ha de dar la vez sino tú mismo?
Detente un momento y observa. Algo va mal. Algo va mal y no hay más remedio que cambiarlo. ¡Cambia tú! ¡Cambia para cambiar el mundo! ¡Derrama tus lágrimas sin complejos! ¡Asume tu desorientación y descríbete! ¡Si nos quieren convertir en esclavos del consumo habrá que cambiar estos malditos tiempos que corren! ¿De verdad no te das cuenta?
¿Necesitas más? Han estafado a tus padres en un juego de política para idiotas... Izquierda, derecha... A los “dirigentes” no les gusta que les miren a la cara porque se saben culpables y para justificar el resultado pretenden legalizar la muerte y obligar a la soledad, porque nos quieren obligar, no tengáis la menor duda...
Esta guerra ha superado ya el grado político. Hablamos de convivencia, de solidaridad, de humanidad, de justicia, de libertad... Hablamos de dignidad, de caridad. Y, mientras los funestos miembros de las logias nos confunden a golpe de “marketing”, tú me observas y no dices nada, sólo me recorres con tu mirada despectiva... Yo no te juzgo, tan sólo me desespero. No me temas, te equivocas de enemigo...
Quizá no me sepa explicar. O, tal vez seas tú quien no me entiendas. ¡Lástima! Han hecho de ti uno más... ¡Y te vas a perder tanto!
Paco Bono http://www.democraciatotal.com
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