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Al menos los descreídos tienden a no quedar del todo convencidos por su discurso y mantienen entonces un último valladar de relativismo entre sus categorizaciones y sus conciencias. Pueden ser cínicos, porque saben que la vida se parece más a una película de Fassbinder que a una novela de Connolly o a una película de indios y vaqueros. Y por eso están dispuestos a rectificar si las circunstancias lo demandan. Ya se sabe que la política conoce mucho de supuestos adjetivos y de hechos circunstanciales.
Entre ayatolas y sinvergüenzas es mejor no optar. Pero, puestos en una tesitura extrema, prefiero a los segundos.