Escoger a los 15 años el itinerario de los estudios futuros es un difícil trance, pues toda tu vida futura depende de ello.
Talentos, temperamentos, inclinaciones y sabios consejos de sus mayores orientan y desorientan al joven por una rama u otra del saber. El escenario tiene algo de dirigismo y casualidad, una pizca de lucidez y mucho de suerte: tres de cada cuatro chavales viven perdidos en el mar de confusión, hormonas y desasosiego propio de su edad. Unos van a equivocar el camino y terminarán por dar marcha atrás, otros sencillamente no saben qué hacer con sus vidas y se dejarán llevar por la corriente, la intuición o la venada. Las vocaciones mudan con rapidez pasmosa: hoy abogado, mañana actriz, pasado astronauta y siempre viajero desnortado, brújula loca, destino incierto. Pobres chicos y paupérrimos papás impotentes...
¿Cuál es el papel de la familia? ¿Imponer carreras razonables, pragmáticas y que le garanticen un oficio bien remunerado? ¿Correr el riesgo de amargarles la vida con una materia que les repela? ¿Dar carta blanca a su vocación, sea ésta real o fruto de los pájaros en la cabeza de la adolescencia? No sé si alguien se atreve a dar respuesta a estos interrogantes. Yo, desde luego, no. La casuística de niños, carreras y papás es demasiado amplia para conjugarla en una ley exacta. Lo que sí sé es que la formación integral del individuo debe combinar e ir más allá, a las dos opciones que dan título a este texto. Sí sé que en la etapa de la vida en que pasamos de la adolescencia a la edad adulta no se deben cerrar puertas en nombre del utilitarismo. Demos a nuestros hijos la posibilidad de ser más libres. Al futuro médico, la historia de la teoría política; al abogado, unos rudimentos de botánica; al ingeniero, las obras completas de Chéjov; al músico, fundamentos de cinética; al militar, algo de inglés, y a todos ellos, lo que dijo un tal Aristóteles.
Es cosa cierta que las sociedades modernas exigen a sus miembros la especialización de saberes y oficios. La prosperidad está en la productividad, y nadie produce como es debido sin ser especialista en un campo determinado. Una pieza bien ajustada del engranaje, que sabe bien cómo rotar, que bascula y oscila, pero no sabe nada de aquella rueda dentada o de ese pistón que hace lo propio ahí, justo al lado. Cada cual en su oficio es eficiente, pero... ¡ay de aquel al que sacan de su ámbito de conocimiento!
No digo yo aquí que esto sea malo ni iré contra lo práctico del sistema; las ruedas dentadas deben girar. Pero sí digo que un ciudadano que lee el periódico sentado a la mesa mientras se lleva una taza de café a los labios puede ser esponja, coladero o tamiz. Digo que debe tener los filtros en todos los ámbitos del saber, activos, actualizados y suficientes para distinguir la mercancía fresca de la caducada, para cuestionar sanamente sus fuentes de información. Da igual si lee la sección de política internacional, ojea la de ciencia y tecnología o escudriña la de sociedad y cultura.
Sé que no son estos los tiempos del «uomo universale», sabio en todas las disciplinas y artes. No es posible ni útil que lo sean, pues en la era de internet el caudal de información es varias veces el que había en el Quattrocento. Sin embargo, ha de recordar el legislador educativo (presente y futurible) que ciencias y letras deben conformar por igual, y de forma equilibrada, los contenidos de la enseñanza obligatoria. Desinflar el peso del latín, el arte, la filosofía, la música o la Historia o restringir su acceso a todos los alumnos demasiado pronto en la vida educativa significa hacer tabla rasa sobre lo que la civilización humana ha ido construyendo generación sobre generación, siglo tras siglo. De igual modo, ¿cómo podrían ser ajenos el álgebra, la física, la biología y la informática a los profesionales de la humanística o de las ciencias sociales?
Amputar parcial o totalmente uno de los dos brazos del conocimiento significa construir eficientes borregos fáciles de controlar, fáciles de dirigir, ergo fáciles de engañar.
Déjese la especialización para los estudios superiores y fórmense en la Secundaria y el Bachillerato ciudadanos libres, de espíritu crítico y constructivo, conscientes de vergüenzas y glorias del pasado y tanto abiertos a los problemas del presente como prestos a las soluciones del futuro.
Bueno... Y tú, españolito, ¿qué quieres ser de mayor?