Colaboración:Tío Antón

España Liberal   (Enviado por: Tío Antón) , 20/04/08, 02:03 h

Lucubraciones alrededor de la droga y sus consecuencias, tomando como eje discursivo las observaciones realizadas desde mi ventana, en un paralelismo real a aquella célebre película de Hitchock "la ventana indiscreta".

DESDE MI VENTANA

 

 

 

El viejo reloj de pulsera anclado a la pared con una chincheta mide lento, cachazudo, el discurrir de mis pensamientos, difusos, variados, anárquicos; pensamientos de refrán (quien mucho abarca poco aprieta), de evasión; de esos que se alternan con una mirada vaga, perdida -en el fondo mirada de ilación cuando las ideas peregrinan por caminos quebrados, rotos- para recuperar el sentido de las lucubraciones, no sé si veladas o veleidosas. Allá, tras la ventana, un espacio abierto sembrado de herbáceas salvajes que ocultan las inmundicias, en ocasiones humanas, separa mi trinchera de las de mis ocasionales compañeros de la batalla en que se transforma esta vida; según algunos, afortunados o ilusos, corta etapa en un tiempo sin fin. La música, melodía envolvente y sosegadora de espíritus impetuosos -con carácter fiero- armoniza cadenciosa, cual metrónomo (péndulo imparable que marca el ritmo), los sonidos con las cavilaciones hechas materia por medio de los signos gráficos que urdo, o pretendo, envueltos en la estética propia de lo bello.

 

 

 

La tarde, primaveral, es radiante. Una chica, que la lejanía dibuja con semblante joven, se sienta sobre un incipiente manto verde que se enseñorea del solar, por lo demás desnudo en apariencia; es el jardín que el PGU último, en este caso sin pasar de la propuesta, tiene delimitado en su afán, bastante corriente, de colocar soldaditos sin batallas. La todavía casi niña, se protege -vana quimera- de miradas inoportunas bajo el alero de los balcones que rompen la vertical en las fincas simétricas a la mía. Mira anhelante, nerviosa, a un lado y otro para asegurarse la discreción del momento. Busca atropelladamente en una bolsa de plástico, de las que huelen a placer y a muerte, y al cabo saca algo que no atino a ver pero si a imaginar. Tras una breve liturgia, prepara una dosis y con forma mecánica, producto sin duda de un acto habitual, se inyecta su cuota de evasión -que la tiene presa- en un veloz abrir y cerrar de ojos.

 

 

 

La voracidad del efecto se nota enseguida; la chica ahora se muestra tranquila, relajada. Una cierta paz, imagino, le procura placer al cuerpo pero le anestesia el alma; es el mínimo peaje que se ha de purgar por eludir el complejo, ingrato a veces, duro, camino de la vida. Unos minutos y la joven -con otro porte más leve, atada a sus preocupaciones todavía difusas- se pierde por la calle, entre la gente, exhalando un hálito de dicha artificial. Yo la sigo un rato con la vista y con sentimientos encontrados pero huérfanos de ofensa o desprecio. Un enfermo, aunque sea voluntario, sólo merece ayuda, determino en una rápida sentencia. De nuevo me quedo solo, en compañía de mis ideas, rumiando el espectáculo; un espectáculo real que se liga cada vez con mayor frecuencia a una vida repleta de prisas y de frustraciones. Es normal, pienso, que el hombre en su debilidad quiera evadirse de sus obligaciones o responsabilidades aunque para ello se sumerja en un pozo de consecuencias muy dolorosas, nada proporcionales al error que supone el intento de apartar, arrojar lejos de si, sus problemas cuando en el fondo lo único que consigue es aturdirlos breve tiempo con un autoengaño pobre y lamentable.

 

 

 

Se por mi larga trayectoria de docente lo difícil y penoso que resulta persuadir a la juventud de las secuelas tan trágicas inherentes a la droga, cual sombra pegajosa e ingénita. ¿Qué tendrá esa sustancia o qué tendremos nosotros para hacerla nuestra aviesa compañera de viaje? Nunca encontré las razones por las que un joven se deja deslizar por la pendiente que le lleva sin remedio al laberinto de la miseria, de la insatisfacción eterna y en ocasiones de la muerte.

 

 

 

Nunca entendí como el joven que tiene abiertas las puertas a la vida, las cierra de golpe y se instala en las tinieblas guiado por ese ídolo del placer fácil, de la ausencia y de la felicidad convulsa. ¡Qué pena! Ahora mi horizonte, ese horizonte escaso, mínimo, limitado por los edificios que se levantan a escasos cien metros de mi ventana, se encuentra inmaculado, limpio; nadie se divisa en él y yo, metafóricamente, cierro -sin cerrar- mi ventana porque la ausencia no me deja ver nada. A la par, también cierro mi ventana mental; compañera, amiga, mentora de esa otra de cristal.


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Comentarios de los lectores

Anonimo dijo

CREO QUE EL TÍO ANTÓN TIENE UNA MENTE CLARA Y PROFUNDA.

2008-04-24 12:40:18

Anonimo dijo

Hola tio Anton. No es noticia para ti que a mi me gustan mucho tus escritos no dejes de escribir, no seas pereceso. Juan

2008-05-17 11:28:31


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